La utilización de elementos orgánicos y de materiales propios de la arquitectura vernácula (entre ellos, lamas de madera) en los paramentos de fachada expresa el respeto por el lugar. La sencilla volumetría y el uso del color reafirman la intención de que el edificio se integre en la naturaleza.
El proyecto se ubica en Malabo, aunque una premisa importante fue que la propia arquitectura pudiera ser adaptable a otras localidades del país. Por este motivo, se diseñó una escuela muy flexible: un sistema constructivo modular permite establecer distintas combinaciones en planta según la colocación de los módulos y, al mismo tiempo, responde a las necesidades de los distintos programas que requiere cada proyecto.
El edificio se organiza en dos volúmenes independientes, uno destinado a las aulas y otro que acoge los servicios comunes, la administración y las zonas deportivas cubiertas. La zona de recreo y de juegos se encierra para crear un entorno protegido en el que los niños puedan jugar. En el caso de que se necesitaran viviendas para los profesores y trabajadores del centro, estas se ubicarían tras el volumen de servicios.
Para conseguir unas óptimas condiciones de iluminación y ventilación naturales, todas las estancias gozan de ventilación cruzada y disponen de huecos a fachada. Estos protegen del sol y tamizan la luz mediante celosías.Teniendo en cuenta la frecuencia de lluvias estacionales se diseñó una doble cubierta de chapa metálica para garantizar un correcto drenaje del agua. Por otra parte, todos los volúmenes se elevaron ligeramente sobre el terreno para evitar posibles anegaciones y filtraciones de agua por capilaridad. Otra dificultad era el traslado de materiales a la isla, por lo que se decidió proyectar todo el complejo con materiales propios de la zona. Asimismo, se decidió emplear técnicas constructivas sencillas que no requirieran una mano de obra muy especializada y que, al mismo tiempo, optimizaran el edificio al máximo para reducir los costes de mantenimiento.